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domingo, 22 de abril de 2012

Espantapájaros XIV, Oliverio Girondo

Mi abuela —que no era tuerta— me decía:

“Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena. ¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán tuyas mientras descansas!

“No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye, dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que la abstinencia!

“Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la mano que cien volando.”

Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba con voz de daguerrotipo:

“La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela. ¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después de muerta!...

“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en transatlántico.

“Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El dolor de muelas, las estadísticas municipales, la utilización del aserrín, de la viruta y otros desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan siquiera tu propia sombra.

“¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de corbata!”

viernes, 23 de marzo de 2012

Filò - Andrea Zanzotto (1970) (fragmento)


No digo nada de cine -
quisiera hablar del cine -
me arrastra el cine -
me espanta el cine -
porque nos llena el cerebro de burbujas y pimpollos
de color envenenado casi siempre,
porque a menudo nos ensucia
los prados y los bosques de nuestras débiles almas
- allá abajo y adentro, abajo dentro de lo profundo -
con el plástico de su celuloide
que nada es capaz de tragar, digerir.
Y casi he maldecido
tantas veces estos lugares de cine
que como plagas agujerean hasta el pleno campo,
no sólo en pueblos y ciudades:
a embadurnar nuestros sueños
y el hablar de los sueños
que todas las maneras de crearnos e inventarnos
encierra en sí: nos chupa el cine, nos hace pedazos,
con sus tijeras nos deforma, nos pega de nuevo,
dentro de sus moviolas nos transforma
roba su propio ADN
al grumo más escondido de nosotros mismo
abajo en el pozo sin fondo.
Pero a veces el cine arde quema e ilumina
como si viniese de un injerto
de los arbustos de zarzas del Horeb,
demuestra ser aliento ardiente de dioses aunque bastardo,
nos hace explotar, asomar fuera como brotes en primavera
nos mete en senderos extraños, bajo cielos del todo nuevos,
en algo que está allá y nos espera, en una alegría
una riqueza, un terreno, un viento que no tiene confines,
y el cine -casi- parece ser él la poesía,
captura todo en poesía - otra.
pero en verdad son raros aquellos que pueden hacer este cine:
son espectros sombras alucinaciones del cine
nacidos ellos mismo del cine - ¿antes que hombres?
¿De aque más allá que es el cine llegados,
pobre más allá, gran más allá de luz y plástico?